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Metamorface

Publicado: 02/11/2015 en Insectos comunes
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Una mañana, tras una pantalla de ordenador barato, Gregorio Samsa despertó convertido en un horrible avatar. Estaba acostado con la cara en el teclado y, al alzar la cabeza, vio una fotografía de sí mismo, retocada con filtros, cosa que no aguantaba para nada, por lo que estuvo a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas solicitudes, supuestamente de amistad, se agitaban ante sus ojos como notificaciones.

—¿Qué me ha ocurrido?

No estaba soñando. Su vida, una vida normal, aunque muy solitaria, tenía un aspecto distinto. En el suelo había desparramado un vaso de café colombiano —Samsa era amante de esa bebida —, y en la pared colgaba una fotografía recientemente recortada de una revista de historietas y puesta en un marco de Hello Kitty. La foto mostraba a una mujer dibujada con un traje de heroína, envuelta en una capa también de heroína, y que, muy erguida, esgrimía un amplio sable láser, entre sus guantes de piel, que ocultaban todo su antebrazo.

Gregorio miró hacia la pantalla; estaba muy impactado, y desde las bocinas repiqueteaban las notificaciones, lo que le hizo sentir una gran migraña.

«Bueno —pensó—; ¿y si siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas estas solicitudes?». Pero no era posible, pues Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el teclado, y su actual desorden no le permitía adoptar una postura cómoda. Por más que se esforzara volvía a quedar mirando a la pantalla. Intentó eliminar su perfil numerosas veces; cerró las pestañas para no tener que ver aquella falsa fotografía, que no cesó de aparecer hasta que notó cierta simpatía, una simpatía jamás sentida hasta entonces por sí mismo.

—¡Qué horrible es la foto que he elegido de perfil! —se dijo—. Siempre una selfie. Las redes sociales son mucho mejores cuando se trabaja en ellas, sin hablar de las molestas publicaciones de los “amigos”: estar leyendo quejas al gobierno; los malos chistes, en forma de imágenes; relaciones que cambian constantemente, que nunca llegan a ser verdaderamente formales, y en las que no tienen cabida los sentimientos. ¡Al diablo con todo!

Sintió una necesidad irrefrenable de publicar insultos. Lentamente, se estiró sobre la silla en dirección opuesta a la pantalla, para poder alzar mejor las piernas. Vio que su página personal estaba tardando mucho en cargar. Se rascó la cabeza a causa de la desesperación; pero tuvo que dejar de hacerlo, pues el roce le estaba produciendo una herida.

—Estoy cansado de esto —se dijo—. No duermo lo suficiente. Hay internautas que viven su vida. Cuando regreso de la escuela  y comienzo a anotar mi estado como si fuera un diario, los encuentro desconectados. Si yo, con el vicio que tengo, hiciese lo mismo, me despedirían al psiquiátrico. Lo cual, probablemente, sería lo mejor que me podría pasar. Si no fuese por mis padres, ya hace tiempo que me hubiese suicidado. Antes hubiera ido a ver al doctor y le habría dicho todo lo que pienso. Se caería de la mesa, ésa sobre la que se sienta para, desde aquella altura, hablar a los pacientes, que, como es loquero, han de acercársele demasiados. Pero todavía no he perdido la esperanza. En cuanto haya reunido la cantidad necesaria para pagarle la deuda de mis padres —unos cinco o seis años todavía—, me va a oír. Bueno; pero, por ahora, lo que tengo que hacer es levantarme, que el nuevo cuento sale hoy.

Este es el primer ejercicio realizado por Insectos Comunes, el cual hasta hoy recordé que tenía pendiente de escribir. El reto consistía en reescribir la primera página de "La Metamorfosis", de Kafka, respetando el número de palabras y los verbos pero creando una historia distinta. Espero les haya gustado y espero que les gusten los textos de mis compañeros:

La trasnmutación (la metamorfosis), por LaRataGris
El estancamiento: de cómo un hombre se convirtió en garrapata, por Esther Magar
Reescribiendo "La Metamorfosis" de Franz Kafka, por Manu LF
Reescribiendo 'La metamorfosis', por Benjamín Recacha
Ejercicio literario: transformar "La metamorfosis", por Toni Cifuentes
Gregorio Samsa, un sicario, por José Bocanegra

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¿Descansará en paz?

Publicado: 26/10/2015 en Uncategorized
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A la memoria de P. A.

Permítame un minuto para hablar de Jesús. No se vaya, querido lector ateo, no es del mesías de quien pretendo hacer mención, sino de mi creador. Así es, su servidor –Jean Rush- es sólo un alter ego, aunque al final no se supo quién fue realmente el autor de los “universos”.

Él siempre creyó que su funeral sería con sus seres queridos vestidos de negro –con estampados de bandas de rock-, que habría una banda de heavy metal amenizando el momento del entierro –directo sin ser velado- y que en su epitafio rezaría una frase de su banda favorita:

“Llora una guitarra,

llora en un rincón,

le faltan tus dedos,

tu calor”.

Sus deseos no pudieron estar más distintos a la realidad: se celebró un velorio, total que no se enteraría y, además, él no era uno de los dolientes que necesitaba dicho rito; la gente acudió de negro simplemente, nada de playeras estampadas; en el sepulcro tocó un grupo norteño, porque era lo único disponible y lo que le gustaba a los asistentes; todo eso se entiende, es necesario para vivir el duelo pero lo que escribieron en su epitafio fue una vil burla, de la cual hasta él mismo se hubiera reído:

Pobrecito de Lalito,

Quiso retar La Muerte,

Pensó que la vencería

Pero no corrió con tanta suerte.

¡Una calavera literaria muy mala! Hacía parecer que fue un suicidio, pero no fue así. A pesar de haber querido terminar como uno de sus tantos ídolos rockeros. Sin embargo, murió de un susto queriendo vencer su fobia a los gatos. Tremenda ironía, el chiste se cuenta solo.

No fue mucha la gente, al contrario de lo que se hubiera esperado porque tenía muchos “amigos”. Muchos de ellos ni se enteraron, incluso le seguían publicando contenido en su Facebook. Tampoco hubo altares con calaveritas de azúcar en su nombre por el Día de Muertos (2 de Noviembre).

Al principio hubo llanto de las personas más cercanas, después siguieron su vida como era de esperarse.

Su único legado soy yo, Jean Rush, quien con su muerte retorno a la vida como el ave fénix, o como un zombie, si así lo prefieren. De él no quedó recuerdo alguno, excepto un blog abandonado en el cual me atrevo a publicar este texto póstumo.

El blog regresa a la vida, la ironía se cuenta sola. Este es un ejercicio de Insectos Comunes, en donde teníamos que relatar nuestra propia muerte. Espero que les haya gustado. También los invito a pasar a leer los cuentos de mis compañeros:

Juicio final a la señorita Magar, por Esther Magar.
Cementerio, por Daniel Centeno.
Un amor imposible (Epitafio de mi propia muerte), por Manu LF.
Mis muertes, por LaRataGris.
No vale la pena morir, por Luis Ernesto Molina

Capítulo 1
El estruendo de una nave llegó a los oídos de Harper, mientras las vibraciones, provocadas por su aterrizaje, hacían que todo el laboratorio temblara. Tan pronto como se percató del ruido, acudió al recibimiento de su visitante.
–Buen día, General Duncan –saludó el científico, adoptando una postura militar en posición de firmes.
–Déjese de formalidades absurdas y enséñeme sus avances. –respondió Jim Duncan.
–¿Avances, dijo?, no, no, ¡ya están listos!, le mostraré.
Ambos hombres entraron al recinto seguidos de una cuadrilla de agentes del ejército. Caminaron hasta llegar a un habitación con un vidrio enorme desde donde podía observarse una sala muy amplia llena de “cosas” enormes bajo sábanas blancas.
—Tony, pon a funcionar una de esas maravillas —dijo Ed Harper.
—Entendido, colega.
Tony, el ayudante de Ed, quitó una de las sábanas y dejó al descubierto un robot cromado de aproximadamente 1.63 metros de altura. A la vista parecía un robot cualquiera, sacado de una película de ficción o de algún libro del mismo género.
Segundos después se abrió una escotilla en el techo y la maquina salió volando por ella. Posteriormente, en el cristal, que dividía las dos habitaciones, se convirtió en una pantalla y pudieron observar lo que el robot “veía”.
—¿Me está diciendo que esa pulga es la solución a nuestros problemas y que usted es el mesías del nuevo mundo? —preguntó el general.
—Si y no —replicó Harper— esas pulgas, como usted las llama, son la solución para acabar con los malditos zombies fantasmas, sin embargo yo no he dicho que yo sea algún tipo de salvador.
En ese preciso momento apareció en la pantalla lo que debía ser una mira, como las que aparecen en los videojuegos, sólo que esta vez era real. Un rayo de color rojo le dio al objetivo y poco a poco se fue haciendo más pequeño, hasta que desapareció.
—¡Señores, les presento a los Robots Tecnológicos EW-29! —gritó Ed.
—¿Cómo lo ha logrado? —preguntó asombrado uno de los subordinados de Duncan.
—Es simple, ¿vieron Los Cazafantasmas? —contestó el inventor— pues nos dimos a la tarea de traer esa tecnología de la ficción a la realidad.
—¡Es usted un genio, Harper! —lo halagó otro de los militares.
—Muchas gracias, pero simplemente… Bah, muchas gracias —se sonrojó.
—No tan rápido —intervino Duncan— ¿qué tipo de energía utilizan y cómo vamos a costearla con los pocos recursos que nos quedan para sobrevivir como raza humana?
—Que bueno que lo pregunta, —se escuchó la voz de Tony, quien iba entrando a la habitación— esa es la razón tecnológica de estos aparatos. Nos dimos a la tarea de pensar cómo destruir la energía y obviamente nos percatamos de que no era posible porque…
—La energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma —interrumpió Duncan.
—Así es, general y esa es la cuestión, no estamos destruyéndolos, los estamos transformando en el suministro de energía que necesitan los robots. Incluso podemos utilizarla para otros fines.
—Una última cosa antes de dar la orden para distribuirlos —dijo Jim— ¿cómo podemos estar seguros de que, después de eliminar a la plaga, los EW-29 no serán utilizados para iniciar una tercera guerra mundial?
—Déjeme ponerle la cereza al pastel —se adelantó Harper— pero antes necesito que sus hombres salgan de la habitación.
El general dio la orden y los soldados atravesaron la puerta. Cuando se quedó a solas con los dos científicos, Tony le extendió un papel.
Bajo esta luna,
amada mía,
tu luz brilla como ninguna
al son de una dulce melodía
digna de la madre fortuna,
que se engalana de aquella sinfonía
dictando a las tres, las dos y la una
acabaré con la O.N.U y la C.I.A.
—Al recitarlo, frente a este control, los robots se autodestruirán sin causar daños a más de un metro de distancia —concluyó Duncan.

Este es el resultado del quinto ejercicio del grupo Insectos Comunes.
Espero que les haya gustado.
Les dejo los textos de mis compañeros:

Poe y los castigos rojos por Esther Magar

30 años de relojes binarios por Daniel Centeno

Las torres de los orgasmos secretos por Toni Cifuentes

5 historias de castigos binarios por Cerdo Venusiano

Los misterios de los monumentos ridículos por LaRataGris

Los crueles postes rojos por Benjamín Recacha