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Mi acompañante me guió hacía una habitación, en donde todo lo que había era una computadora de escritorio.
–Que poca imaginación la de ustedes, aunque debo decir que esperaba algo distinto– dije.
–Teníamos que actualizar nuestros métodos y eso de las tecnologías nos ha funcionado de maravilla.
–Ya veo, no tienen suficiente con hacer un infierno en la Tierra. Ahora también se trabaja acá abajo a manera de tortura. Para algunos se perpetúa lo que hicieron toda su vida y, a otros se les obliga a hacer lo que siempre evitaron, como es mi caso.
–Aquí no se obliga a nadie. Ya lo verás, se volverá algo necesario para ti. Además yo no le llamaría trabajo.
–Supongo que es cuestión de perspectiva.
–Creo que no terminas de entender, pero te darás cuenta. Mejor pregúntame tus dudas.

Me quedé pensativo y respondí:
–¿Me darán capacitación?
–Tu expediente dice que sabes usar una computadora con internet. Sólo eso necesitas.
–Bueno, ¿qué tengo que hacer?
–Lo que tú quieras.

Admito que su respuesta me desconcertó, pero  no quise discutir. Esperaba un tormento eterno y recibí lo que creía que era la gloria eterna.
Decidí no enfadarlo para que no se percatara de su error, quizá me estaba confundiendo con alguien influyente y creí que sería mejor aprovecharme de la situación hasta que se dieran cuenta.

–Puedes irte– mencioné con un tono autoritario para alimentar la equivocación.
–Bien, si necesitas algo sólo debes mandarme un correo y vendré a ver qué necesitas.

Lo primero que intenté fue avisar a mi familia de que me encontraba bien. Lo cual era irónico, pues estaba muerto y mi destino no había sido el cielo.
Me planteé varias maneras de comunicarles sin que sonara a broma. Mientras se me ocurría algo, introduje la página de Facebook en el navegador. No me cargó.
Claro, debían de tener un sistema de seguridad para que no pudiéramos hacer contacto con los vivos.
Me apetecía escuchar algo de música, desde luego que debían de tener permitido, o hasta obligado, el heavy metal. Tampoco cargó YouTube.
Probablemente fueran problemas técnicos.
Intenté entrar a mi correo y esta vez tuve éxito, por lo que escribí un email a mi guía, tutor, o lo que fuera. Recordé que no le había pedido su dirección. Para mi sorpresa ya se encontraba escrito en la pantalla y no podía cambiar el destinatario. Otro candado, pensé.

De: unsimplemortal@hotmail.com
Para: tuguiatutoroloquesea@666.com
Asunto: Problemas técnicos.

Estimado tutor

Tengo algunas dificultades para acceder a la red, ¿puedes ayudarme?

Un mortal condenado a estar frente a una PC sin Internet.

Al poco tiempo, de que se envió el mensaje, se abrió la puerta.
–¿Qué es lo que pasa?– dijo.
–No puedo acceder a las redes sociales, lo cual entiendo, pero quisiera escuchar un poco de rock pesado.
–Me temo que es imposible.
–Entiendo, el servicio está caído.
–No es eso. No se permite acceder a ningún sitio que no sea tu blog.
–Pero si yo no tengo blog.
–Ahora lo tienes, tu perfil ha sido registrado antes de que llegaras a tu habitación.
–¿Y para qué quiero un sitio donde no podrán leerme?
–Serás leído.

Reprimí mi enojo y sólo contesté:
–Es todo, gracias.

Después de un rato de tanto pensar, me puse a escribir mi historia de vida, desde mi nacimiento hasta el día de mi fallecimiento.
A los pocos minutos recibí una notificación. ¡Alguien había leído mi entrada y escrito un comentario!

Michel dijo:
Me ha gustado tu historia. Me higuera gustado conocerte en vida. Saludos.

Otra notificación apareció en la pantalla, al mismo tiempo que las bocinas emitían un sonido. Michel era mi seguidora, ¿o seguidor? Tenía que averiguarlo.
Pulsé sobre su nombre y al momento me encontré en su página principal. El primer y único texto también era su historia. No fue la gran cosa, había sido demasiado simple su existencia pero descubrí que era mujer. Comencé a seguirla por ser la primera en leerme.

Pasé días viendo las estadísticas. Nadie volvió a leer mi texto.
El calendario avanzó un mes antes de escribir de nuevo. Durante ese tiempo no dejé de pensar en lo distintos que éramos Michel y yo. Me recordó a Las piedras rodantes de El Tri: yo era una lacra y ella el cuadro de honor. Por esa razón, redacté la letra de la canción como segunda entrada, pensando que volvería a encontrarme con ella, al menos en los comentarios.

Michel dijo:
Nunca me gustó esa canción, yo era más de Britney Spears, ya sabes, pop. Saludos.

Me sentí molesto porque ella no captó la indirecta y si lo hizo le valió.
Accedí a su blog nuevamente. Nada nuevo.

Otro mes pasó sin que yo compartiera algo.
Para tercera ocasión hice un experimento.

Hola Michel.

Fue todo lo que plasmé.

Michel dijo:
Me encuentro decepcionada, esperaba alguna aventura interesante. Comienzo a aburrirme.
Mi respuesta:
Quizá deberías relatar tú la aventura. Mi trabajo no es divertirte.

Michel dijo:
Tampoco soy de escribir. Prefiero leer.

Estaba perdiendo los estribos. Mi única conexión era con alguien que sólo quería disfrutar con mis publicaciones.

Traté de enviar un correo a mi guía, tutor o lo que fuera. No se pudo. Probé durante varios días. Nada. El mensaje me rebotaba.

Pasada una semana, narré una anécdota muy graciosa que viví.

Michel dijo:
Me ha gustado, ya era hora.

Mi respuesta:
Es tu turno.

Michel dijo:
No. Sigue contando experiencias o inventa algo.

Tal fue mi enojó que golpeé el monitor. No se rompió. Lo mismo con el teclado y el mouse.

Noventa y nueve veces la misma cuestión. Me comenta pero nunca me cuenta de ella.

Desde entonces no he vuelto a escribir, aunque lo necesito.
Esperaba ser leído por más gente.
Busqué más blogs, sin obtener resultado. Quiero interactuar con alguien. No me basta con tener una lectora, quiero leer algo ajeno.
Llegado a este punto, prefiero lo tradicional: las llamas, el dolor provocado por un verdugo y las herramientas de tortura.
–¡Alejen de mí esta máquina del demonio!

“El horror tiene dos caminos: puede matarnos o recordarnos que seguimos vivos” By Jean Rush

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El vestido rojo

Publicado: 01/05/2015 en Relatos de horror
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Estás entre mis brazos, te siento y no puedo dejar de lado el pensamiento que me abarca, sé que será difícil desprenderme de él mientras siga existiendo.
Creo que nunca imaginaste esta escena cuando compraste la prenda que llevas puesta, ni siquiera que sería de ese color, mucho menos que yo estaría dando vueltas en mi cabeza, pensando solamente en seis palabras: ¡No me gusta su vestido rojo!
Lo peor de todo es que no puedo decírtelo, estoy seguro que no puedes enojarte, pero eso no es lo que me preocupa, lo que en verdad me agobia es que no me escuches, además de que debo irme cuando deje de abrazarte.
Me iré lejos, pues lo nuestro no puede continuar, es simplemente imposible, no se pueden solucionar las cosas… ahora la pregunta es: ¿por qué demonios discutimos hace un momento?
Sabías que lo mejor para nuestra relación era confiar en el otro, pero no dejabas de hablarme de Charly, todo el tiempo mencionabas su nombre… ¿cómo querías que me sintiera?
Ahora dejo de abrazarte y corro hacia el baño para tomar un trozo de papel higiénico para limpiarme la cara, no puedo dejar de llorar, no me abandona la idea, me envuelve y me mata el dolor.
Me encuentro con una carta sobre la tapa del inodoro, la abro y la leo, es una carta del psiquiatra, en donde viene mi nombre y un diagnóstico :
Trastorno de identidad disociativo.
¿Qué significa?, tomo mi celular e investigo… espero la respuesta y en eso alcanzo a leer unas palabras que comienzan a taladrar mi mente: antes llamado trastorno de personalidad múltiple.
Entonces me doy cuenta, ¡Yo soy Charly! O al menos habitamos en el mismo cuerpo, que desagradable noticia.
De pronto recuerdo la escena de hace unos minutos: llevas puesto tu vestido nuevo, es de color blanco, estamos discutiendo, de pronto me abrazas y me dices que me amas, que no me estas engañando pero que tienes algo que decirme y es importante, esto me hace perder el control, anticipo tus palabras y es entonces cuando tomo el cuchillo, lo clavo en tu yugular, me doy cuenta de lo que acabo de hacer, te tomo entre mis brazos y pienso…
¡No me gusta su vestido rojo!

“El horror tiene dos caminos: puede matarnos o recordarnos que seguimos vivos”
By: Jean Rush


Aquí esta muy oscuro, no logro ver absolutamente nada. Tampoco siento dolor. Me pregunto dónde estaré.
Se supone que esto debería ser el infierno, porque claramente no es el cielo.
Trato de percibir algún olor a quemado, se supone que debería hacer fuego, ¿no? Al menos eso creí toda mi vida.
¿Acaso habré ido a parar a eso que llaman el limbo? No lo sé, pero algo dentro de mi me dice que no tardaré en averiguarlo.
Escucho una voz masculina, ¿será el Diablo?, ¿será algún demonio? No, no lo parece. Suena muy amable, amoroso, me atrevería a decir.

–No temas, pequeña, papá está contigo. Buenas noches.
–Buenas noches, papi.

Es la voz de una niña, tendrá unos 4 o 5 años máximo.
Intento moverme pero mi cuerpo no reacciona. Sólo me queda esperar.
No pasa mucho tiempo cuando mi cuerpo reacciona, se mueve por sí solo. Abro un par de puertas y estoy en una habitación cubierta por la noche. A pesar de la ausencia de luz, mi vista me permite ver claramente. Hay una cama, y en ella se encuentra una jovencita durmiendo tranquilamente.
Me acerco y comienzo a sacudir fuertemente su colchón hasta que despierta. Su cara es de un terror profundo y yo soy el causante. Me siento culpable, no sé por qué lo hice, pero a la vez lo disfruto tanto.
Entonces lo comprendo, me he convertido en un monstruo y esta es mi condena.

“El horror tiene dos caminos: puede matarnos o recordarnos que seguimos vivos”. By Jean Rush.