Archivos de la categoría ‘Relatos Cortos’

El vestido blanco

Publicado: 17/09/2015 en Relatos Cortos
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La cabeza le daba mil vueltas. Había despertado alterado y sudoroso, estaba temblando y llorando, sólo se tranquilizó cuando la vio a su lado.
–Te amo –le susurró al abrazarla.
Le encantaba verla dormir. Por suerte sólo había sido un sueño, una pesadilla horrible.
No tardó mucho para volverse a dormir.
A la mañana siguiente la admiró radiante. Llevaba un vestido blanco, se veía hermosa, sublime.
–Me gusta tu vestido blanco –le dijo.
–Gracias –respondió un poco ruborizada.
No dijo más. No mencionó la pesadilla. Sólo él sabía que había soñado con un vestido rojo que llevaba el cuerpo inerte de una mujer.
–Me gusta su vestido blanco –susurró para sí mismo – y así se quedará.

Que Dios te lo pague

Publicado: 21/07/2015 en Relatos Cortos
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Doña Cecilia recibió los transvales [1] que le compró Ernesto. Eran para su nieto, por eso tuvo que pedirle el favor a alguien con credencial de estudiante.
—Muchas gracias, Neto —dijo la anciana—, que Dios te lo pague.
En cuanto terminó la frase, apareció un ángel con una libreta en la mano y se dirigió a ella:
—Lo siento, Dios ya no puede tener deudas con los seres humanos, usted tendrá que pagar los favores que le hagan de ahora en adelante, esperamos que con las reformas la humanidad sea más responsable.
Después desapareció y doña Cecilia le regaló una manzana al joven.
Desde entonces ella compra fruta en el tianguis, para retribuir de alguna manera a quien le hace algún favor.

[1] Los transvales son unos boletos de descuento del 50% en el transporte público de Guadalajara, Jalisco (México). Los pueden adquirir estudiantes, profesores, personas con discapacidad y de la tercera edad. En el caso de estudiantes y profesores, tienen que presentar una credencial vigente que acredite su pertenencia a una institución educativa.

Es como queso

Publicado: 20/07/2015 en Relatos Cortos
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—Es simple, Juan, ¿cuánto tiempo llevamos siendo amigos?
—Más de diez años.
—Exacto, y no te has contagiado de mi aversión a la pizza.
—Lo sé, pero ¿por qué no te gusta?
—¿Por qué te gusta a ti?
—¡Porque es deliciosa! Ahora tú respóndeme.
—No me gusta porque es asquerosa, no tolero el sabor del queso, ya te lo había dicho, Juan. Imagina cómo me sentía cuando era niño y las mamás de mis amiguitos les prohibían jugar conmigo “porque se les podía pegar mi desagrado”.
»Aunque ya soy adulto, las cosas no han cambiado mucho, he perdido amigos por confesarles que no me gusta la pizza, a pesar de que todos ellos me decían que me respetaban siempre y cuando no tratara de hacer que dejaran la pizza. Todas esas falsas promesas venían acompañadas de preguntas tontas: “¿cómo te diste cuenta de que no te gustaba el queso?”, “¿lo has probado?”; incluso algunos insistían en que “no había encontrado la pizza que hiciera que me gustaran”.
—Supongo que esos comentarios te lastimaban.
—¡Claro que me lastimaban, Juan! Al principio me llegué a confundir. Pedí ayuda a un sacerdote porque no quería que nadie más se enterara. Sin embargo no me ayudó en nada, sólo me dijo que Dios había creado la masa para que el ser humano hiciera pizza. Claro que eso no me convenció porque las tortillas se hacen con masa y ahí provienen los tacos, ¡los tacos, Juan! Además, si a Dios no le gustara nuestra existencia ya nos hubiera ahogado, quemado o ve tú a saber qué, ¿no crees?
—¿Y qué me dices de la ciencia?
—Tampoco fue de gran ayuda, sobretodo con esas ridículas investigaciones tituladas: el hombre que no le gusta el queso, ¿nace o se hace?
—Al menos el gobierno ya hizo algo al permitir que las personas como tú coman otra cosa cuando sirven pizza.
—Pues si, aunque aún hay un largo camino por recorrer.
—Y a todo esto, ¿por qué no me lo habías dicho? Soy tu mejor amigo.
—Quizás no lo sería si te lo hubiera dicho antes. Tenía que estar seguro, Juan.
—¡Bah! No es para tanto, es más ¿quieres unos tacos? Yo invito, aunque yo pediré quesadillas, si no te molesta.