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Capítulo 1
El estruendo de una nave llegó a los oídos de Harper, mientras las vibraciones, provocadas por su aterrizaje, hacían que todo el laboratorio temblara. Tan pronto como se percató del ruido, acudió al recibimiento de su visitante.
–Buen día, General Duncan –saludó el científico, adoptando una postura militar en posición de firmes.
–Déjese de formalidades absurdas y enséñeme sus avances. –respondió Jim Duncan.
–¿Avances, dijo?, no, no, ¡ya están listos!, le mostraré.
Ambos hombres entraron al recinto seguidos de una cuadrilla de agentes del ejército. Caminaron hasta llegar a un habitación con un vidrio enorme desde donde podía observarse una sala muy amplia llena de “cosas” enormes bajo sábanas blancas.
—Tony, pon a funcionar una de esas maravillas —dijo Ed Harper.
—Entendido, colega.
Tony, el ayudante de Ed, quitó una de las sábanas y dejó al descubierto un robot cromado de aproximadamente 1.63 metros de altura. A la vista parecía un robot cualquiera, sacado de una película de ficción o de algún libro del mismo género.
Segundos después se abrió una escotilla en el techo y la maquina salió volando por ella. Posteriormente, en el cristal, que dividía las dos habitaciones, se convirtió en una pantalla y pudieron observar lo que el robot “veía”.
—¿Me está diciendo que esa pulga es la solución a nuestros problemas y que usted es el mesías del nuevo mundo? —preguntó el general.
—Si y no —replicó Harper— esas pulgas, como usted las llama, son la solución para acabar con los malditos zombies fantasmas, sin embargo yo no he dicho que yo sea algún tipo de salvador.
En ese preciso momento apareció en la pantalla lo que debía ser una mira, como las que aparecen en los videojuegos, sólo que esta vez era real. Un rayo de color rojo le dio al objetivo y poco a poco se fue haciendo más pequeño, hasta que desapareció.
—¡Señores, les presento a los Robots Tecnológicos EW-29! —gritó Ed.
—¿Cómo lo ha logrado? —preguntó asombrado uno de los subordinados de Duncan.
—Es simple, ¿vieron Los Cazafantasmas? —contestó el inventor— pues nos dimos a la tarea de traer esa tecnología de la ficción a la realidad.
—¡Es usted un genio, Harper! —lo halagó otro de los militares.
—Muchas gracias, pero simplemente… Bah, muchas gracias —se sonrojó.
—No tan rápido —intervino Duncan— ¿qué tipo de energía utilizan y cómo vamos a costearla con los pocos recursos que nos quedan para sobrevivir como raza humana?
—Que bueno que lo pregunta, —se escuchó la voz de Tony, quien iba entrando a la habitación— esa es la razón tecnológica de estos aparatos. Nos dimos a la tarea de pensar cómo destruir la energía y obviamente nos percatamos de que no era posible porque…
—La energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma —interrumpió Duncan.
—Así es, general y esa es la cuestión, no estamos destruyéndolos, los estamos transformando en el suministro de energía que necesitan los robots. Incluso podemos utilizarla para otros fines.
—Una última cosa antes de dar la orden para distribuirlos —dijo Jim— ¿cómo podemos estar seguros de que, después de eliminar a la plaga, los EW-29 no serán utilizados para iniciar una tercera guerra mundial?
—Déjeme ponerle la cereza al pastel —se adelantó Harper— pero antes necesito que sus hombres salgan de la habitación.
El general dio la orden y los soldados atravesaron la puerta. Cuando se quedó a solas con los dos científicos, Tony le extendió un papel.
Bajo esta luna,
amada mía,
tu luz brilla como ninguna
al son de una dulce melodía
digna de la madre fortuna,
que se engalana de aquella sinfonía
dictando a las tres, las dos y la una
acabaré con la O.N.U y la C.I.A.
—Al recitarlo, frente a este control, los robots se autodestruirán sin causar daños a más de un metro de distancia —concluyó Duncan.

Este es el resultado del quinto ejercicio del grupo Insectos Comunes.
Espero que les haya gustado.
Les dejo los textos de mis compañeros:

Poe y los castigos rojos por Esther Magar

30 años de relojes binarios por Daniel Centeno

Las torres de los orgasmos secretos por Toni Cifuentes

5 historias de castigos binarios por Cerdo Venusiano

Los misterios de los monumentos ridículos por LaRataGris

Los crueles postes rojos por Benjamín Recacha