Decembrina

Publicado: 24/12/2015 en Cuento
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En aquél viejo sofá se encontraba un anciano de aspecto bonachón, tenía barba y cabellos como la nieve, por su vestimenta cualquiera pensaría que era un bombero retirado, llevaba un pantalón rojo y una playera blanca. Entre sus manos sostenía un caballito de juguete.

A espaldas estaba ubicada una puerta, por la cual entraron entusiasmados un grupo de siete seres diminutos, todos de diferentes tamaños y edades, lo único similar en ellos era el conjunto de ropas verdes que llevaban encima.

-¡Rápido, abuelo! ¡Hoy es noche buena y tenemos trabajo que hacer!

El adulto se limitó a mirarlos. Después bajó la cabeza. Quería estar solo con sus cobijas de oscuridad que lo envolvían desde hace algún tiempo.

-Tendremos que avisar a Sara- dijo otro de los pequeños antes de salir corriendo.

Uno a uno lo siguieron como si se tratara de un juego.

Al escucharlos llegar, Sara limpió las aguas que fluían de sus manantiales oculares. Seguía añorando a Darío.

-El abuelo no quiere levantarse.

-No puede porque es demasiado viejo- dijo otro.

-¡Lo que le sucede a su abuelo no es para hacer chistes! –respondió molesta- Iré enseguida.

En ocasiones se sentía responsable de todo. No es que Darío no la amara, sino que no quería perdonarla. Ella no lo comprendía, a pesar de buscar comprensión en él por su decisión. Lo único que la mantenía cuerda era el hecho de haber logrado que su padre pasara otra navidad con la familia. Todos la consideraban una heroína, tanto que se les olvidó la razón por la cual Darío rompió su relación con ella.

Afuera, los renos emitían el mismo sonido monótono de siempre. Todos los días era lo mismo. El anciano los veía y recordaba a Rodolfo. Esa navidad no sería lo mismo sin él.

-Todo mundo te espera, papá –escuchó decir a Sara-. No podemos iniciar sin ti.

Lentamente se levantó de su asiento y caminó encorvado con la cabeza gacha, sin soltar el juguete. Quizá lo entregaría a algún niño.

Ambos ocuparon sus lugares al llegar al comedor. Nadie supo qué decir y estalló el silencio.

El viejo supuso que estarían preguntándose si daría el discurso que inauguraría la cena o si sería el momento de que alguien más tomara la batuta para continuar con la tradición.

De pronto sonó el teléfono y disipó la tensión. Dejó de ser el centro de atención cuando cada uno volvió a su tema de conversación anterior a su llegada. Él no charlaba con nadie, le hubiera gustado hacerlo con Darío, era un buen muchacho y ahora tenían algo en común, pero el joven no estaba ahí. Era de esperarse.

-Yo también lo noté, debe estar arrepentida –susurraba una mujer que platicaba con otras dos.

-Pues claro, tarde o temprano iba a sentir el instinto materno –expresó una segunda.

-Pero eso le sirvió para darse cuenta de que Darío no era el adecuado, debería estar apoyándola en su dolor- dijo la tercera.

Del otro lado de la mesa los hombres también conversaban.

-Te dije que no era buena idea dejar que papá adoptara apadrinara a un niño –expresó uno.

-¿Qué querías que hiciera? Se ilusionó tanto con la llegada de un nuevo nieto que creímos que otro niño ayudaría a aliviar su dolor.

-Claro que ayudó, además la familia de Rodolfo está muy agradecida con él –externó otro.

-Si, pero le afectó tanto su partida que, de no ser por Sara, el viejo no estaría sentado en esta mesa el día de hoy –replicó el segundo.

Nadie reparó en que el abuelo se había levantado de su silla.

Pensaba que sobraba en ese lugar, quizá sólo era un carga, todo hubiera sido mejor de haberlo…

Un leve jalón en su playera interrumpió sus pensamientos.

-¿A dónde vas, tata? –era el más joven de sus nietos.

-Este caballo necesita un vaquero, ¿no crees, pequeño? ¡Feliz Navidad! –le dijo, al mismo tiempo que le entregaba el juguete.

Había vuelto a sonreír después de tanto tiempo.

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comentarios
  1. Cuanta sutileza. Me has dejado sorprendido.

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